Colección del Bicentenario 200 años de la Economía en el Perú: ‘El boom pesquero’

29/03/21 En los años cincuenta del siglo XX la industria pesquera comenzó a galopar. Para 1970 el Perú era el primer productor mundial de harina de pescado. El éxito se ahogó por una sobrepesca y El Niño que la azotó.

Acuicola

Del mar a los puertos, de los desembarca­deros a las plantas industriales, y de estas plantas al puerto del Ca­llao para luego zarpar rumbo a Estados Unidos y Europa. Esa solía ser la ruta, el viaje, de la anchoveta blanca que, entre finales de la década de 1950 e inicios de los años 70, era am­pliamente exportada como aceite o harina de pescado a diversos países ya que eran muy apreciadas sus propieda­des como alimento de anima­les. Esos fueron los tiempos del boom pesquero en el Perú.

Los antecedentes se re­montan a la década de 1930. La anchoveta era un recurso abundante en nuestro mar, pero poco explotado y que fun­damentalmente servía de ali­mento a las aves guaneras que las teníamos por millones en nuestra costa. La producción de harina y aceite de pescado, así como de enlatados de pescado, comenzó en esa época.

Hoy, nuestro país es el prin­cipal productor de harina de pescado del mundo, seguido por Tailandia, China, Chile y Es­tados Unidos. Este producto se fabrica a partir de la anchoveta, que es la única especie autori­zada por el Ministerio de la Pro­ducción (Produce) para este fin.

Las embarcaciones de las empresas formales capturan la especie bajo principios de sostenibilidad. No puede volver a ocurrir una sobrepesca. (Foto: Archivo GEC)

 

¿Cómo creció esta industria?

Durante los años 40 se dio un importante crecimiento de esta industria en el país sobre todo por la demanda de los Estados Unidos en el contexto de la Se­gunda Guerra Mundial, pues, al no poder importar la harina y el aceite de pescado del Ja­pón, miró hacia Latinoamérica. Finalizada la guerra, la produc­ción pesquera no se detuvo y continuó su expansión como parte de un fenómeno mun­dial por la alta demanda para la alimentación en la industria pecuaria, de crianza de cerdos y aves de corral, especialmen­te de pollos. Al mismo tiempo crecía la demanda de conser­vas para consumo humano en Europa y Estados Unidos.

 

Las importaciones mun­diales de harina de pescado se incrementaron de 111,000 to­neladas métricas (t) a casi 2.4 millones de toneladas entre 1948 y 1965. Es decir, en dicho periodo aumentaron en más de 2,000%.

La industria peruana también pudo desarrollarse por las políticas económica y cam­biaria de Manuel Odría y del segundo gobierno de Manuel Prado Ugarteche, y también por la flexibilidad de la banca peruana para dar financia­miento a corto plazo a empre­sarios peruanos que buscaban abrir conserveras importando plantas de segunda mano des­de los EE.UU., principalmente, desde Florida. Estas políticas fueron cruciales para el de­sarrollo de la pesca y de otros sectores, como la minería, la industria y el agro, pues se eli­minaron las distorsiones gene­radas por medidas proteccio­nistas de gobiernos pasados y se impulsó la apertura comer­cial, la atracción de inversión extranjera y el mejoramiento de la capacidad productiva.

El desarrollo de la industria pesquera permitió a las em­presas responder mejor ante la demanda estadounidense, aumentando la producción de algunos productos como el hígado de pescado, el pescado salado y productos similares en conservas. La especie más popular entonces era el bonito, pues los tiempos de la ancho­veta y su uso para la elabora­ción de harina y aceite de pes­cado aún estarían por llegar en los años cincuenta.

En 1955 se introdujeron las redes de nylon a la industria peruana, más ligeras que las de algodón, lo que facilitó las labores de las embarcaciones. Coincidió con una mejora in­ternacional de los precios de las materias primas. Por eso entre 1955 y 1960 se cuadripli­caron nuestras exportaciones pesqueras. Conforme avanza­ba el tiempo, el resultado me­joraba. Los avances logísticos y tecnológicos fueron determi­nantes para el incremento de la producción de harina y acei­te de pescado pues contribuye­ron a elevar los volúmenes de captura de anchoveta que, du­rante los años sesenta, signifi­có más del 90% de todo el vo­lumen de especies capturadas. En el periodo 1958-1962, se ve que el valor de las exportacio­nes pesqueras se multiplicó casi por seis, al pasar de US$18 millones (hoy serían US$162.9 millones) en ese año a US$111 millones (US$961.4 millones de la actualidad) en 1962.

El primer lugar y el ocaso

 

Así, la industria pesquera se convirtió en la revelación ex­portadora. Por eso en los 60, cuando China tenía la mayor industria pesquera a nivel internacional, la peruana se ubicó como la segunda más grande del mundo. Además de dar empleo al 2% de la po­blación económicamente ac­tiva del Perú, su producción anual en esa década osciló entre los US$1,000 millones y US$1,700 millones (lo que equivaldría hoy a un rango entre US$8,837.2 millones y US$15,023.3 millones) que lle­gó a representar hasta el 16% de nuestras exportaciones.

En 1970, la industria pes­quera peruana se posicio­nó como la primera a nivel mundial, luego de que se des­embarcaran 12 millones de toneladas de anchoveta y la producción de harina de pes­cado alcanzara las 2′253,000 toneladas.

A pesar de ello, el ocaso no tardó en llegar. Entre 1972 y 1973, el azote del fenómeno de El Niño generó una crisis mu­cho mayor a la previa de 1963. Como consecuencia, solo pudo extraerse 1.7 millones tonela­das lo que generó el cierre de empresas y gran desempleo, en plena dictadura del Gral. Juan Velasco Alvarado. Las que quedaron fueron estatizadas y se convirtieron en Pesca Perú.

Los males de la sobrepesca

 

¡Qué hace este pelícano en pleno Centro de Lima! Era julio de 1969 y las aves marinas buscaban alimento donde podían ante la falta de peces por la sobrepesca. También llegaban a los alrededores de los mercados. (Foto Archivo GEC)

No todo fue positivo en el boom pesquero. A fines de los sesenta sorprendió ver a pelícanos buscando qué co­mer en los alrededores de los mercados o en el centro de la capital. Ello no era casualidad. Simplemente estas aves se ha­bían quedado sin el alimento que normalmente buscaban en el mar por el problema de la sobrepesca, es decir, una pesca en exceso. El ecosistema fue alterado.

La advertencia respecto a la captura excesiva de especies surgió a inicios de los cincuen­ta, cuando la Compañía Admi­nistradora de Guano, pionera en la producción de harina de pescado por su interés en que esta actividad pudiera reem­plazar al guano, comenzó a poner límites al pensar que la pesca excesiva podría generar escasez de alimento para las aves guaneras. La creciente y aún joven industria pesquera rebatió los argumentos, dicien­do que el consumo de las aves representaba solo una pequeña fracción del total. La actividad pesquera se expandió a ritmo acelerado y sin tomar en cuen­ta el impacto de pescar juveni­les y no darles tiempo de desa­rrollarse ni reproducirse.

El Gobierno, pocos años des­pués, comenzó a preocuparse y adoptó medidas en favor de la vigilancia y conservación de la especie. No obstante, fueron insuficientes. Para 1964 las em­presas del sector sufrían una falta de financiamiento por lo que el Gobierno debió acudir en su ayuda con un crédito por US$10 millones (hoy, US$84.8 millones). Sin embargo, la so­brepesca durante aquellos años y los siguientes, suma­da al fenómeno de El Niño de 1972 y 1973, generó que los volúmenes de anchoveta en el mar peruano cayeran dramáti­camente, afectando a las aves guaneras.

Según el Imarpe (Instituto del Mar del Perú), mientras en 1954 la biomasa de anchoveta era de 9.5 millones de tonela­das y la captura era de solo 87 mil toneladas (el 0.91%), en 1970 ya llegaba a casi 16.1 mi­llones de toneladas de biomasa y una captura de 10.4 millones de toneladas (64.8% del total). Luego de El Niño, la biomasa bajó abruptamente a 4.8 mi­llones en 1973, mientras que la pesca fue de solo 1,300 to­neladas. El descenso continuó. En 1983, la biomasa era de 781 mil toneladas, con una captura de tan solo 22 mil. Durante todo ese tiempo el impac­to en la población de aves fue crítico, pues pasaron de ser 24.1 millones de ejemplares (casi 21.3 guanays y el resto, piqueros y pelícanos) en 1954 a solamente 473 mil en 1983.

Vedas y sostenibilidad

 

En plena faena de pesca. La industria pesquera trabaja hoy con diversos controles para proteger las especies marinas y prácticas de sostenibilidad. (Foto: GEC)

El empresario pesquero Hum­berto Speziani explica que la solución a este problema llegó luego de que el sector comen­zara su recuperación durante los 80 y 90, periodo durante el cual se fueron mejorando el sistema de vedas, así como la medición de las capturas con mayor precisión y de esti­mación de los volúmenes de biomasa. Ya en el siglo XXI, se mejoré el sistema de cuotas de pesca. “Antes era una carrera olímpica. El Imarpe daba una cuota para cada temporada (una empieza entre marzo y abril y la otra, en octubre o ini­cios de noviembre). Se podía salir a pescar dos veces, no ha­bía exactitud en los pesos que se declaraban porque no había la tecnología. En el año 2000 ya estaban determinadas las horas en las que se podía sa­lir, las balanzas con las que se debía pesar e incluso definidas las compañías de inspección”, nos detalla.

Speziani remarca que hoy existe un registro automático y sistematizado de la informa­ción de la actividad pesquera: “Cuando pesas las capturas el Ministerio de la Producción recibe exactamente el registro de cada barco. Tienen la infor­mación de cuánto se descarga en cada puerto al día. Esto está bien controlado”. Una mejora relevante para el sector fueron las cuotas de pesca indivi­duales establecidas en 2008. “Hoy existe la cuota general que da el Imarpe y una cuota indi­vidual para cada barco. Esta última se basa en el 50% del histórico que has pescado más el 50% de la capacidad de la embarcación. Esto es lo que se usa para la zona centro-norte, que es una de las más importantes para la pesca”, ex­plica Speziani.

De otro lado, cabe mencio­nar que, pese a los avances tecnológicos, subsistía en la industria un problema de con­taminación ambiental por la eliminación de fluidos del pro­ceso, como la ‘sanguasa’ (san­gre y otros residuos líquidos del pescado) que se generaba en las pozas de recepción. Su eliminación sin un tratamien­to previo contaminaba el mar y el medio ambiente, lo cual fue atendido en la década del 90 por las autoridades, con la participación de las empresas que hoy hacen esfuerzos por obtener certificaciones inter­nacionales en el rubro.

La recuperación del sector después de la crisis significó un gran cambio para la indus­tria, pues si bien algunas em­presas desaparecieron, otras se fortalecieron o ingresaron nuevos actores que deben ope­rar bajo principios de respon­sabilidad y sostenibilidad.

La figura del boom y los gremios

El empresario Luis Banchero (izq.) en una de sus embarcaciones pesqueras. (Foto: Archivo histórico GEC)

La imagen del boom pesquero en el Perú fue el empresario Luis Banchero Rossi (Tacna, 1929). Su aparición en la industria pes­quera local se produjo luego de los años difíciles para la pesca peruana por la competencia japonesa. Llegó a ser el máximo representante del boom pes­quero y uno de los principales multimillonarios latinoamerica­nos luego de haber tenido otros negocios como la comercializa­ción de vehículos, alimentos, azú­car y alcohol. En estas actividades descubrió Chimbote cuando no era el puerto que es hoy.

En 1955 adquirió su primera planta conservera, Florida. Pri­mero tuvo una planta proce­sadora de bonito, luego la de anchoveta. Banchero comenzó a ampliar paulatinamente su flota y a adquirir nuevas fábricas para el procesamiento de harina y aceite de pescado. Compraba plantas de empresas en quiebra, las recuperaba y explotaba su capacidad productiva. Su flota superó las 300 embarcaciones. No se limitó a la actividad pes­quera y abarcó sectores como astilleros, minería y medios de comunicación (diarios Correo y Ojo).

Los ingresos de sus empresas en 1970 bordeaban los US$70 millones anuales (unos US$472 millones de hoy). Sin embargo, su porvenir se vio eclipsado el 1° de enero de 1972, cuando fue ase­sinado en su residencia en Cha­clacayo, un crimen que conmo­cionó al país.

Los empresarios de la indus­tria pesquera constituyeron en abril de 1946 el Comité de Pesca de la Sociedad Nacional de Industrias (SNI), cuyo primer presidente fue Carlos Otero Lora. Con el crecimiento de la demanda internacional durante la Guerra de Corea (1950-1953), el Comité de Pesca se separó de la SNI y el 12 de mayo de 1952 fundó la Sociedad Nacional de Pesquería (SNP). Su primer pre­sidente fue Manuel Elguera Mc Parlin. Banchero Rossi también la presidió en 1962. Hoy cuenta con 61 empresas asociadas.

Por su parte, la SNI tiene el Comité de Alimentos, Restauran­tes y Afines, Pesca y Acuicultura.

La acuicultura y el futuro sostenible

Cada vez hay mayor interés en la producción de peces, moluscos y plantas con tecnología y excelentes condiciones para satisfacer al mercado.
En la acuicultura hay un importante futuro para la pesca, la industria exportadora y la alimentación. (Foto: GEC)

En el Perú, la gran produc­ción acuícola se basa en cuatro especies: los lan­gostinos, la concha de abanico, la trucha y la tilapia. Pero hay más; también resal­tan algunos peces amazónicos como la gamitana y el paiche. Además, este último junto con el lenguado han recibido la atención del sector empresa­rial que desarrolla la tecnología para la producción de ambas especies. De otro lado, también hay importantes iniciativas de cultivo de erizo comercial en el sur del país.

La acuicultura como acti­vidad productiva sostenible emerge como una alternativa ante la depredación de especies marinas y ha empezado a ganar terreno desde los tiempos ini­ciales en que se cultivaba el pai­che y luego se desarrolló el cul­tivo comercial de la trucha arco iris. Los langostinos y conchas de abanico ingresaron años después y contribuyeron a am­pliar esta industria productiva.

Entre 1939 y 1940 se estable­ció la estación de piscicultura del lago Titicaca en Chucuito, Puno, por un acuerdo entre Bolivia y Perú con el fin de in­crementar la producción piscí­cola del lago y su cuenca. Una ventaja de la acuicultura como actividad económica, según la FAO, es que los peces convier­ten en masa corporal un mayor porcentaje de alimento que los animales terrestres, por lo que son más rentables. Por ejem­plo, la producción de un kilo de proteína de bovino requiere 61 kilos de alimento frente al por­cino y el pescado que requieren 38 y 13 kilos, respectivamente.

Estos factores y políticas pú­blicas favorables a esta activi­dad, que han sido desplegadas durante las últimas décadas, han permitido que la acui­cultura peruana evolucione, siendo un ejemplo el periodo 2010-2016. En este la produc­ción se incrementó de 89 mil toneladas a 100,185 toneladas, de las cuales 41,418 provienen de cultivos de origen marítimo y 58,767 toneladas provienen de cultivos en agua dulce.

Algunas de las regiones con mayor desarrollo de la acuicul­tura son Tumbes y Piura, donde predominan los langostinos; Áncash y Lima, con mayor pre­sencia de las conchas de abani­co; y Junín y Puno, donde ma­yormente se cultiva la trucha. En la selva, destaca San Martín, como productor de tilapia y en menor medida de gamitana, paco y boquichico. También resaltan Ucayali y Loreto.

A futuro, la acuicultura apunta a la selección y mejora genética, usando programas específicos de domesticación y de reproducción y crianza, tal como ocurre en el resto de las crianzas animales y en cultivos vegetales. Los objetivos son disponer de ejemplares certi­ficados, provenientes de fami­lias de reproductores seleccio­nados, libres de enfermedades y con las mejores condiciones de producción y manejo, así como cualidades preferidas en los mercados.

El pescado, tan nutritivo como querido en la mesa peruana

Tenemos variedad de pescados de todo precio, ricos en nutrientes. (Foto: GEC)

La gastronomía peruana brilla por su variedad de platos que aprovechan las nutritivas espe­cies de nuestro pródigo mar. Por ello a lo largo de la costa hay mi­les de restaurantes especializa­dos de todo tamaño. A nuestra riqueza culinaria contribuyó la migración japonesa, con sus técnicas de corte y manipula­ción del pescado, y la migración italiana, con su sapiencia respecto a los frutos del mar.

Nuestros hábitos alimen­ticios fueron variando con el despegue de la pesca; y con los camiones frigoríficos y el asfaltado de las carreteras, la conservación de los alimentos marinos se alargó para llegar a más gente en distintas partes del país.

Fuente: https://peru21.pe/